El policía interior. La autorrepresión y la nueva religión.

San Francisco de AsísTodas las clases dominantes han necesitado inculcar en la sociedad una ideología, un modo de concebir el mundo de acuerdo a sus intereses. Una forma de pensar que concibiera su mundo, las relaciones sociales vigentes,  como el mejor de los posibles.

En la edad Media se inculcaba desde los púlpitos la idea de que las desgracias que le ocurrían al pueblo llano eran consecuencia del pecado, de su debilidad a la hora de reprimir su naturaleza humana, curiosa, codiciosa, lujuriosa, perezosa… antinatural.

En la sociedad capitalista sucede lo mismo. El mundo capitalista es el mejor de los posibles. Los males que el pueblo sufre en el capitalismo son culpa del propio pueblo porque somos consumistas que vivimos por encima de nuestras posibilidades, somos vagos, no respetamos la naturaleza… Todas esas ideas son difundidas e inculcadas a la población desde los nuevos púlpitos de la ideología. ¿No se presenta al  ser humano como un monstruo despiadado que destruye el planeta, en las películas infantiles? ¿No es nuestro afán consumista lo que provoca las crisis? ¿No pasamos necesidad porque somos un pueblo de holgazanes? ¿No es nuestra arrogancia lo que destruye el planeta? Por mi culpa, por mi culpa…

Desde la edad media el mundo ha cambiado mucho, pero la propaganda de quienes tienen el poder sigue siendo la misma. El culpable de tus desgracias eres tu mismo por no respetar las reglas. Para alcanzar la felicidad no debes cambiar la sociedad. Debes cambiar tú. Reprime tus deseos, tus necesidades, consume menos, come sano o no comas carne… convertirte en un buen monje que lleva una vida acorde a las leyes naturales. Cuando todo el mundo siga estas leyes el mundo será mejor, perfecto, porque viviremos según las leyes de naturaleza. Las desgracias de la humanidad no se deben a unas relaciones sociales injustas. Se deben a la malvada naturaleza humana. No se trata por tanto de transformar la sociedad, sino de reprimir al ser humano. Su naturaleza, su forma antinatural de relacionarse con el entorno, su afán por transformar lo que le rodea, de conocer y experimentar, no debe ser liberado del yugo de la sociedad de clases que le impide avanzar. Debe ser reprimido.

Este es el tipo de represión más terrible. Aquel que se inculca al individuo, para que el individuo mismo se reprima, por su sentimiento de culpa, por su policía interior. No en vano la necesidad de reprimir al ser humano para “proteger la naturaleza” ha formado siempre parte del ideario de las corrientes de pensamiento más reaccionarias y terribles.

Contrariamente a lo que afirman este tipo de teorías, el ser humano, su capacidad, su afán por conocer la naturaleza, experimentar con ella y transformarla, forman parte de la propia naturaleza. Y esa naturaleza humana, lejos de ser el origen de todos los males, se encuentra reprimida por las relaciones sociales imperantes: La experimentación científica no avanza al ritmo al que podría para preservar los intereses de las multinacionales. La producción de bienes de uso y consumo se regula, incluso se destruyen mercancías, para evitar que bajen los precios. Nuestro afán por transformar la naturaleza, experimentar, consumir se encuentra reprimido. Quienes difunden que la alternativa es autoreprimirlo aun más, actúan como el nuevo clero que intenta introducir en nuestra cabeza un policía que se encargue de que luchemos por controlar nuestra forma de vida y no por cambiar el sistema vigente.

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